miércoles 13 de febrero de 2008

Los adultos mayores


Una de las cosas que me gusta de ser periodista es la posibilidad de salir a reportear. Aunque en mi actual trabajo no lo hago con tanta frecuencia como cuando trabajaba en La Tercera, cada vez que debo ir a la calle "tras la noticia" me gusta observar a la gente en las micros y el metro.

Sin embargo, en ocasiones me topo de frente con algo que definitivamente me pone mal: los adultos mayores pidiendo limosna. Es frecuente que en las escaleras del metro se instalen abuelas o abuelos que al pasar piden una moneda. Otros se acercan a los autos en las esquinas.

Todos estiran su mano, pero en la mayor parte de las ocasiones se topan con
personas que los ignoran o con ventanas cerradas. Pareciera que pasar por alto este horrible espectáculo y tratar de no verlo sería la solución para que no exista. El problema es que sigue ahì y más encima duele, porque mirar en plena calle a personas que podrían ser mis abuelos, con frío o calor, exponiéndose al menosprecio para conseguir unas monedas, ya sea para su subsistencia o la de la familia con la que viven, resulta, por decir lo menos, indignante.

Siempre he sido partidaria de que los adultos mayores trabajen mientras puedan y quieran. Pero verlos implorando caridad, sobre todo en un país que se jacta de ir en vías al desarrollo, de creerse "jaguar", de pensar que es superior a sus vecinos, cuando todavía tiene realidades como éstas dando vuelta por sus calles, debería llamarnos a la reflexión y pensar por qué esto sigue sucediendo.

Nuestros adultos mayores merecen respeto, cariño y un lugar importante y significativo en la sociedad. ¿Se lo damos cuando se rinde tanto culto a la juventud que terminamos menospreciando la experiencia, las arrugas y la sabiduría que tienen los más viejos? ¿O cuando llegan al momento de jubilar y sus pensiones son miserables para los gastos que deberán enfrentar en esta etapa (por suerte algo mejorarán con los anuncios de la Presidenta)?

Cada uno debe empezar por casa: por sus propios abuelos, los vecinos viejitos, por el abuelito con el que te topas en la micro e incluso por el que te pide una moneda.

La manera de hacerlo la escoge cada uno. La recompensa que viene de vuelta también es personal. Pero vale la pena.