
Una de las cosas que me gusta de ser periodista es la posibilidad de salir a reportear. Aunque en mi actual trabajo no lo hago con tanta frecuencia como cuando trabajaba en La Tercera, cada vez que debo ir a la calle "tras la noticia" me gusta observar a la gente en las micros y el metro.
Sin embargo, en ocasiones me topo de frente con algo que definitivamente me pone mal: los adultos mayores pidiendo limosna. Es frecuente que en las escaleras del metro se instalen abuelas o abuelos que al pasar piden una moneda. Otros se acercan a los autos en las esquinas.
Todos estiran su mano, pero en la mayor parte de las ocasiones se topan con personas que los ignoran o con ventanas cerradas. Pareciera que pasar por alto este horrible espectáculo y tratar de no verlo sería la solución para que no exista. El problema es que sigue ahì y más encima duele, porque mirar en plena calle a personas que podrían ser mis abuelos, con frío o calor, exponiéndose al menosprecio para conseguir unas monedas, ya sea para su subsistencia o la de la familia con la que viven, resulta, por decir lo menos, indignante.
Siempre he sido partidaria de que los adultos mayores trabajen mientras puedan y quieran. Pero verlos implorando caridad, sobre todo en un país que se jacta de ir en vías al desarrollo, de creerse "jaguar", de pensar que es superior a sus vecinos, cuando todavía tiene realidades como éstas dando vuelta por sus calles, debería llamarnos a la reflexión y pensar por qué esto sigue sucediendo.
Nuestros adultos mayores merecen respeto, cariño y un lugar importante y significativo en la sociedad. ¿Se lo damos cuando se rinde tanto culto a la juventud que terminamos menospreciando la experiencia, las arrugas y la sabiduría que tienen los más viejos? ¿O cuando llegan al momento de jubilar y sus pensiones son miserables para los gastos que deberán enfrentar en esta etapa (por suerte algo mejorarán con los anuncios de la Presidenta)?
Cada uno debe empezar por casa: por sus propios abuelos, los vecinos viejitos, por el abuelito con el que te topas en la micro e incluso por el que te pide una moneda.
La manera de hacerlo la escoge cada uno. La recompensa que viene de vuelta también es personal. Pero vale la pena.
miércoles 13 de febrero de 2008
Los adultos mayores
Etiquetas:
Experiencias,
Reflexiones
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