
Es cierto, tengo treinta años.
Cambié el folio hace meses y mis adorables primos se encargan seguido de recordarme que ya estoy grande. "Vieja", dicen ellos escudándose en el gran amor que les tengo y que me impide agarrarlos por el cuello como quisiera.
Otros amigos me preguntan que cuándo me caso, que si me he dado cuenta que ya debería tener una guagua... En fin, es como si el tiempo se me estuviera acabando y la cuenta regresiva para esta señorita (aún) ya tuviera su punto de término establecido y -como dicen las abuelitas- o me subo al tren o me quedo abajo.
La verdad es que esto me da risa, sobre todo porque desde hace unos días me he dedicado a "jugar" en You Tube y sin querer me entusiasmé durante mucho rato con episodios de dos de mis series favoritas: 31 minutos y Candy. ¡Y me he divertido de lo lindo, como si todavía fuese una niña!
No me acuerdo cuándo vi por primera vez un capítulo de 31 minutos, pero la ironía, la inteligencia y el humor de esos muñecos me cautivó por completo. Me aprendí las canciones, imito a algunos personajes y adoro como esas historias se dirigen a los niños sin subestimarlos, mientras los que tenemos unos "añitos más" podemos matarnos de la risa con las más singulares alusiones.
Candy es cuento aparte. Si la transmitieron 5, 6, 7 u 8 veces no lo sé, pero lo que tengo más que claro es que la vi cada vez que la dieron y que la vería de nuevo si tuviera la oportunidad. La historia de la niña huérfana que se sobreponía a todo y que saltaba de árbol en árbol me encanta, aunque en esa época odié que al final no se quedara con Terry, su gran amor. Por eso, el dato que me dio una amiga sobre el final alternativo que transmitieron por la televisión italiana me dejó feliz y aplaudí como una niña al verlo.
¿Una niña de 30? Sí, ¿y qué?
Apuesto que varias (y varios) más van a disfrutar como yo lo hice. Para ustedes lo que sigue.
lunes 24 de septiembre de 2007
¿Niña de 30?
sábado 15 de septiembre de 2007
Frío

La llovizna de días atrás trajo a mi memoria y a mi cuerpo la sensación patente de mi escasa tolerancia con el frío: ése que me anula, me impide hacer mis actividades cotidianas, me lleva sólo a concentrar mi pensamiento en cuánto frío tengo y, evidentemente, más frío me da.
¿Es algo que odio? No. Y no lo puse en mi post anterior sobre lo que odiaba porque creo que tener frío ya es parte de mí y sentir su abrazo fuerte y pegado a mi piel buena parte del año se ha vuelto casi natural, aunque eso no significa que sea agradable.
En cambio, el sol y el calor es otra cosa. Aunque sea uno de esos días sofocantes en que buscas desesperada una forma de capear esa sensación de ahogo que te envuelve, yo lo prefiero porque siempre encuentro una manera de soportarlo. Los helados, un jugo muy frío o un reponedor vaso con agua y una buena ducha son grandes aliados en esta época.
Pero con el frío no. Y como todo tiene un comienzo recordé el origen, el momento en que me volví tan friolenta.
Fue mientras estudiaba Periodismo, en aquel frío y antiguo edificio que no permitía ni un miserable rayo de sol y que me obligaba a transportar en mi pequeña mochila de entonces una bufanda, guantes, chalecos adicionales, etc., para soportar aquellos inviernos que empezaban ahí dentro como en abril y terminaban casi en octubre.
A partir de septiembre, si me asomaba desde el segundo piso a observar el patio más allá de lo que pertenecía a este monumento refrigerado, podía ver a todos luciendo sus mejores pilchas primaverales mientras yo todavía no me sacaba el chaleco. Demasiado, ¿no?
Y así como salí de esa escuela de Periodismo a batírmelas por el mundo con un cartoncito en mis manos, también desde esa época me acompaña el frío, que se coló entre mis huesos para no abandonarme nunca más. Ese mismo que ha generado tallas pesadas, comentarios del tipo "¡Cómo tanto!, no exageres Xime", peleas memorables con varias personas, pero también abrazos y mimos de aquellos que buscan abrigarme cuando sienten mis manos o mi nariz helada.
¿Eres uno de ellos?
martes 4 de septiembre de 2007
Solidaridad de género
Creo que si hay personas chaqueteras en Chile esas somos las mujeres y, lo que es peor, lo somos con otras mujeres. Fue sólo hace un par de semanas que volví a comprobarlo cuando la revista alemana "Der Spielgel" y luego varios medios nacionales publicaron que nuestra Leonor Varela tenía un affaire con el codiciado George Clooney para oir de la boca de varias féminas expresiones como "suelta", "fresca" e inclusive "perra".
No es que yo me crea el cuento de ser la mina perfecta pero, a diferencia de otras chicas, celebré el acierto de la Leo (a quien encuentro muy buena actriz y además estupenda) al haber conquistado -da lo mismo por cuánto tiempo- a un guapetón como Clooney. De hecho, con mi amiga Sabina festejamos el acontecimiento y comentábamos que ella era una ídola (era que no!).
El punto en cuestión y que me empecé a preguntar de nuevo es por qué tenemos tanta dificultad en reconocer lo bien que lo hacen otras mujeres en distintos ámbitos o lo lindas que pueden verse, sin andar pensando siempre en que les falta esto o aquello.
Hace tiempo leí un artículo en una revista feminista sobre lo importante que es la solidaridad de género y me puse a pensar en temas como la desigualdad entre hombres y mujeres, la violencia que muchas veces nos afecta, la discriminación y tantos otros grandes temas, sin advertir que es mucho más significativo partir desde lo más profundo y que está en nuestro interior: cómo vemos y valoramos a nuestras propias hermanas de género.
Si partimos con cambios por ahí, de seguro que las cosas serán distintas, sino mejores.
Para terminar, les invito a ver el comercial en que surgió la nueva conquista de Leonor. ( Por favor, basta de poner que ella es la conquista de él!)
sábado 1 de septiembre de 2007
Septiembre
La muerte llega cuando menos uno lo espera. Eso lo dije en un post anterior y la vida me lo reafirma todos los días. Septiembre me lo reafirma desde hace cuatro años, desde ese lunes 15 cuando partió mi lela.
Hoy que es su cumpleaños -también en este mes- estuvimos con ella. En unos días más celebraríamos su santo. Parece que este mes fuera su mes y siempre lo será. Porque llega septiembre y no me acuerdo de las celebraciones como le pasa a todo el mundo, sino sólo que ella se fue en un día tan soleado y cálido como hoy.