
La llovizna de días atrás trajo a mi memoria y a mi cuerpo la sensación patente de mi escasa tolerancia con el frío: ése que me anula, me impide hacer mis actividades cotidianas, me lleva sólo a concentrar mi pensamiento en cuánto frío tengo y, evidentemente, más frío me da.
¿Es algo que odio? No. Y no lo puse en mi post anterior sobre lo que odiaba porque creo que tener frío ya es parte de mí y sentir su abrazo fuerte y pegado a mi piel buena parte del año se ha vuelto casi natural, aunque eso no significa que sea agradable.
En cambio, el sol y el calor es otra cosa. Aunque sea uno de esos días sofocantes en que buscas desesperada una forma de capear esa sensación de ahogo que te envuelve, yo lo prefiero porque siempre encuentro una manera de soportarlo. Los helados, un jugo muy frío o un reponedor vaso con agua y una buena ducha son grandes aliados en esta época.
Pero con el frío no. Y como todo tiene un comienzo recordé el origen, el momento en que me volví tan friolenta.
Fue mientras estudiaba Periodismo, en aquel frío y antiguo edificio que no permitía ni un miserable rayo de sol y que me obligaba a transportar en mi pequeña mochila de entonces una bufanda, guantes, chalecos adicionales, etc., para soportar aquellos inviernos que empezaban ahí dentro como en abril y terminaban casi en octubre.
A partir de septiembre, si me asomaba desde el segundo piso a observar el patio más allá de lo que pertenecía a este monumento refrigerado, podía ver a todos luciendo sus mejores pilchas primaverales mientras yo todavía no me sacaba el chaleco. Demasiado, ¿no?
Y así como salí de esa escuela de Periodismo a batírmelas por el mundo con un cartoncito en mis manos, también desde esa época me acompaña el frío, que se coló entre mis huesos para no abandonarme nunca más. Ese mismo que ha generado tallas pesadas, comentarios del tipo "¡Cómo tanto!, no exageres Xime", peleas memorables con varias personas, pero también abrazos y mimos de aquellos que buscan abrigarme cuando sienten mis manos o mi nariz helada.
¿Eres uno de ellos?
sábado 15 de septiembre de 2007
Frío
Etiquetas:
Sensaciones
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1 comentarios:
Entiendo muy bien lo enunciado en tu post. De partida, estuvimos en la misma escuela de periodismo, ese gélido edificio que nos albergó por cerca de cinco años. Mi experiencia en él no es diferente a la tuya, pues al momento de cruzar la puerta ya me tenía que poner el chaleco o suéter que llevaba colgando del bolso. Y fue en ese lugar que me transformé en una lagartija, pudiendo estar horas sentada al sol sin siquiera moverme, como queriendo atrapar en mi cuerpo el calor. Y yo, que ya venía friolenta desde mis tierras sureñas, comencé a sufrir cada invierno y a ponerme kilos de ropa para capear el frío. Es por eso que la llegada de la primavera y del calorcito me tiene de lo más contenta. Incluí un post en mi blog: www.gusano.cl/sabina.php en el que también despotrico contra las bajas temperaturas y nunca voy a decirte exagerada ni nada por el estilo por que seas tan friolenta porque yo, soy igual o peor.
Cariños.
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