En un día que era tan frío como hoy me enteré de una macabra noticia: el asesinato de un compañero del colegio, al que veía a menudo porque trabajaba en un centro comercial cercano a mi casa los fines de semana, mientras terminaba su carrera de Constructor Civil. Él se llamaba Rodrigo Olmedo, tenía 29 años y era una persona encantadora, de esas que aunque uno no sea así muy muy amigo, siempre recuerda con afecto.
A él le gustaba el mountain bike. De hecho el día que desapareció estaba recorriendo un sector que se llama Las Vizcachas (en la precordillera de Santiago) mientras -y lo imagino- disfrutaba del paisaje, sentía el viento frío en su cara y desafiaba a los cerros... pero lo frenaron y de una manera tan cruel y macabra, sin preguntarse quién era, qué hacía, por qué estaba ahí. Sólo les importaba robar la bicicleta y, por eso mismo, menos entiendo lo que sucedió y porque decidieron matarlo.
Hoy recuerdo ese momento y todavía me envuelve la pena, el desconcierto, la rabia, sobre todo porque ha pasado un año de su muerte y nunca supimos quiénes eran los culpables.
Pienso entonces en su familia, en su polola de toda la vida y en todas las personas a las que esta muerte marcó en forma tan definitiva y dolorosa. Pienso en que la muerte viene en el momento menos esperado y por los caminos que escoge sin preguntar nada.
Sólo espero que Rodrigo esté recorriendo senderos mejores que los que conoció en esta vida y quise dedicarle estas palabras porque a un año de su partida todavía lo recuerdo.
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